domingo, 26 de diciembre de 2010

Día 24, 15 de Diciembre: Paraíso de escaladores (con fail incluido)




Ko Muk es una isla muy bonita, pero no hay mucho que hacer en ella. Por lo mismo, decidimos tomar un bote hasta la ciudad más cercana que había en tierra firme para luego seguir hacia el norte hasta Krabi para visitar una playa que nos habían recomendado especialmente: Railey. Llegar a ella es algo complicado. Pues después de llegar a Krabi hay que ir hasta el balneario de Ao Nang. Para eso hay que ignorar a los chantas que te dicen que la única forma es con un taxi que te cobra 500 bath, y subirse a un Tuk Tuk (moto o camioneta con la parte trasera techada) que por 50 te deja en Ao Nang, una especie de Reñaca llena de occidentales comprando en tiendas occidentales y comiendo en restoranes ídem y bañándose en la pésima playa pedregosa que existe. Desde ahí un bote te lleva por 80 bath hasta Railey o a su vecina Tonsai, ambas ubicadas en una península rodeada de acantilados que hacen del bote su único acceso. El error nuestro fue pedirle al botero que nos dejara en Railey y no en Tonsai. Ello porque Railey está monopolizada por resorts caros todo incluido, mientras que en Tonsai hay cabañas botadas de baratas donde alojan todos los escaladores que acá abundan. Cuando nos dimos cuenta de esto quisimos volvernos a Tonsai pero era un poco difícil. Pues la única forma de ir desde una playa a la otra es caminar por las rocas de la orilla (imposible con marea alta como era el caso) o bien tomar el camino de atrás, que subía por un cerro tapado de selva llena de monos, mosquitos y un camino bastante resbaloso. Con las mochilas que llevábamos en nuestra espalda, éste camino que pudo haber sido una linda aventura en otras circunstancias se convirtió en una verdadera tortura. Pero valió la pena, porque una vez llegados a Tonsai logramos encontrar una cabaña por solo 300 bath (4500 chilenos) y disfrutar del ambiente relajado del tipo reggae-relajo que se armaba en la noche (a las doce moría todo eso sí, porque los escaladores estaban a las 8 A.M trepando rocas).

Día 23, 14 de Diciembre: El escondite de piratas, el desembarco de Normandía y mi encuentro con la naturaleza salvaje.

Koh Muk desde el bote.


Ko Muk sería otra de las innumerables pequeñas islas de Tailandia, que pasan desapercibidas sin jamás recibir un visitante, si no fuese por la cueva esmeralda. Para llegar a ella hay que contratar un bote, aunque luego descubrimos que arrendar un kayak era más que suficiente, porque la cueva no estaba tan lejos. Allí, a los pies de un acantilado que corta el mar se abre una pequeña entrada de no más de 5 metros de ancho y dos de alto desde el nivel del mar. El piso de la cueva está sumergido por lo que hay que nadar a través de ella. Luego de unos treinta metros la cueva da un giro, y ya no es posible ver nada, sólo la tenue luz de la linterna que lleva el guía en su cabeza. Así, nosotros seguimos nadando en la oscuridad hasta que vimos una luz al final del túnel, que se hacía más y más grande con cada brazada.

Y al final, la cueva llegó a su fin, y se abrió ante nosotros una playa “secreta”, perfecta para ser el escondite de un tesoro de piratas. La playa está rodeada de acantilados por todos lados, por lo que la única forma de llegar a ella es a través del agua. Además, desde los acantilados se descuelga la jungla de forma increíble, dejando caer lianas que llegan hasta el suelo y que serían la única escapatoria del héroe en la eventual película de piratas.

Además del grupo nuestro, que era de 4 personas, dentro de la cueva sólo nos topamos con unas 5 o 6 personas. Muy buen número porque la playa secreta era chica y no querías toparte con mucha gente más. Pero cuando veníamos saliendo se vino la debacle: frente a la salida de la cueva había tres grandes barcos repletos de gente, que caían como moscas al agua con salvavidas, y se formaban en línea con un guía en el primer lugar. Eran turistas tailandeses de todas las edades que iban hacia la cueva, y mientras nadaban en fila (agarrados de sus chalecos salvavidas) cantaban canciones como boy scouts caminando por el bosque. La imagen me recordó a las películas de la segunda guerra mundial, cuando los soldados aliados bajan por miles en Normandía para ser masacrados por las metralletas nazis. No había aquí metralletas, pero las hubiera deseado si no hubiéramos salido justo antes de que toda esta gente entrase a la cueva.

Luego de eso nos llevaron a hacer snorkel bajo un acantilado que quedaba un poco más allá. Pese a que la visibilidad no era la mejor, vimos un número aceptable de peces, no muy grandes, pero muy coloridos. Yo iba con la Maca nadando al lado y de pronto empecé a sentir algo así como su pelo al lado derecho de mi cara y de mi brazo. Pero se sentía un poco raro, sobre todo cuando el pelo me empezó a pinchar de una forma muy extraña. Ahí fue cuando me di cuenta de que no era de a pelo lo que me pinchaba: era una medusa bastante grande y rosada que se sintió amenazada por mí creyendo que era un tiburón o algo, y me empezó a atacar con sus tentáculos, echándome el ácido que tiene para alejar a los depredadores. Ante esto yo me alejé inmediatamente y nadé hasta el bote que nos había llevado hasta allí con un dolor parecido al de una quemadura, en el brazo derecho, la mitad derecha de la cara y el torso por el mismo lado. No dejaría de dolerme en el resto del día, pese a que me eché vinagre para contrarrestar el ácido y una pomadita para quemaduras y picaduras. Todo se me puso muy rojo por 24 horas, pero luego la piel se puso normal y sólo me quedó una roncha en lo que, era al parecer, la parte central de la picadura. Por suerte, según me dijeron, las medusas de esta zona no son venenosas, y prueba de ello es que sigo vivo, aunque me sentí muy raro todo ese día.

sábado, 25 de diciembre de 2010

Día 22, 13 de Diciembre: Away we go. Isla escondida y gordita jugosa.

Yo y la mascota del Hilltop comiendo bananas

Aburridos de la lluvia decidimos dejar Lipe, junto con la Fran y Pipe que nos acompañaban. El destino era Koh Muk: una isla que quedaba a unos 60 kms. más al norte de Koh Lipe, y de la que sólo sabíamos tres cosas: era bonita, había poca gente y era relativamente barata. Tres razones más que suficientes para motivarnos a ir.

La mañana en Koh Lipe llovía tempestuosamente, como en ninguno de los días anteriores. Esto demostró que el desajuste era tan grande que no solo era capaz de retar las leyes climáticas, sino también la todopoderosa ley de Murphy, que indica que el día en que te vas de la playa es el único que va a haber buen tiempo.

Nuestro viaje fue en un lanchón grande y rápido, pero aún así el viaje fue desastroso. Llovió buena parte del viaje y las olas eran muy grandes, por lo que la lancha con su velocidad las saltaba y luego caía violentamente, haciendo volar a todo el mundo. Luego de dos horas de viaje, al fin llegamos a Koh Muk. La parte Este de la isla (por donde llegamos) tiene playas pantanosas con manglares, y una comunidad bastante grande de pescadores. La playa bonita está en el oeste (información que sólo supimos al llegar), por lo que tuvimos que caminar 3 kms. hasta llegar a una cabaña cerca de la playa playa por 400 bath (6.000 chilenos).

La playa era muy bonita. Con acantilados tapados de selva a los lados, algunas olas que hacían entretenido bañarse y, en general, muy poca gente (la mayoría eran familias con niños chicos). Pero lo mejor de todo fue la comida. Saliendo desde la playa y caminando 5 minutos cerro arriba se llega al Hilltop restaurant, atendido por sus propios dueños. Entre las maravillas de este local se cuentan: platos tailandeses típicos a 40 bath (600 pesos) y un postre espectacular de coco con banana por 30 (450 chilenos); cerveza en botella grande a 60 bath; un pájaro negro que habla tailandés y algunas palabras de inglés, sin contar que ladra como perro y maúlla como gato; un perro que se sienta a tus pies, un mono que se para en tu mesa, te abraza y hace otras maldades como tomar a los gatos chicos del cuello y subirse a los muros con ellos; música setentera; y por último, el Hilltop tiene a su dueña. Una gorda que las oficia de cocinera, moza y administradora, que se sienta en tu mesa a comer su propia comida y habla sin parar, en un inglés tarzánico, todas las idioteces por segundo que a una persona se le puedan ocurrir. Es la cosa más hilarante que he visto en mi vida.

Día 21, 12 de Diciembre: Gracias de nuevo calentamiento global

Ahora sí que concretamos nuestros proyectos -creímos inocentemente. Porque el clima se siguió ensañando con nosotros y, de nuevo, sólo paró de llover unas dos horas para que alcanzáramos a dar una vuelta loca. Por lo mismo no hay mucho más que contar de este día. Sólo que los lugareños decían jamás haber visto una lluvia así en Diciembre. Que lo que no se ha vista jamás nos toque a nosotros… es mucha mala suerte.

Día 20, 11 de Diciembre: Gracias calentamiento global

La noche estrellada parecía anunciar un día despejado, pero la mañana siguiente demostró lo contrario a lo que el sentido común nos indicaba. Lo extraño es que estábamos en temporada seca. Y dicen que el clima de esta parte de Tailandia es muy predecible. Durante la mitad del año (de mayo a noviembre) es temporada lluviosa, y en Octubre y Noviembre hay monzones. Pero el resto del año es temporada seca y, en teoría, no llueve nada en Diciembre y Enero y sólo un poco de Febrero a Abril. Pues bien, sea el calentamiento global, la influencia de los rayos gamma solares, o la nube que nos acompañaba para arruinarnos el viaje, ese día casi no paró de llover. Y lo poco que paró fue sólo para mostrarnos un poco el sol, sacarnos pica, e invitarnos a la playa para atacarnos luego mientras nos bañábamos para tener que correr a buscar las cosas que estaban en la playa. Con esto todos nuestros proyectos del día (que incluían la visita a una playa lejana u el snorkel) se vieron truncados. Sólo se salvaron la mentada ida a la playa y el paseo botillería-playa a descargar tensiones.

Día 19, 10 de Diciembre: Rogando por un poco de sol

Algo de sol que agarramos en la playa



Koh Lipe es una isla de forma triangular, que en cada uno de sus vértices tiene una playa: Pattaya, Sunshine y Sunrise. Las playas son bastante bonitas y el agua de color turquesa. Y nadando un poco hacia las rocas que las rodean se pueden ver muchos peces de colores. Eran todas esas razones las que nos atrajeron a Lipe, pero el clima se encargó de arruinarlo todo.

Porque cuando nos levantamos en la mañana llovía copiosamente, y no dejaría de hacerlo hasta las dos de la tarde. A esa hora salió el sol y corrimos a la playa con nuestros snorkel, pero el sol solo venía a ratos entre las nubes y también algunas gotas caían. Alcanzamos, eso sí, a hacer algo de snorkel pero la lluvia tenía el mar muy revuelto, y por lo mismo además de algunos peces pequeños no fue mucho más lo que vimos.

Por suerte en la noche se despejó, y gracias al gentil auspicio de la botillería de la esquina, nos fuimos a tomar a la playa justo al lado de donde había bares y onda, aunque pagando la mitad de lo que hubiésemos pagado en los bares.

Día 18, 9 de Diciembre: La playa hippie, que le llaman.

Clásico bote de Lipe y de toda Tailandia.

Pero las playas desiertas terminan aburriendo hasta al más asceta. Y por lo mismo decidimos partir a Koh Lipe, una isla que se ha logrado mantener en la categoría 2 (backpacker-hippie) sin llamar demasiado la atención. De hecho, de todos los chilenos que hemos conocido que han estado en Tailandia (y que son unos cuantos) muchos nos hablaron de Phi Phi pero ninguno de Koh Lipe.

En ésta isla no hay entonces gringos borrachos. Tampoco hay chilenos ni otros latinos, aunque sí hay muchos españoles, franceses y alemanes. La gente en general es algo hippie, o le gustaría serlo, y cuando ya han crecido lo suficiente llegan con sus hijos -siempre rubios- a visitar la isla.

Pero lo más interesante de Koh Lipe, no son los extranjeros, si no los nativos, que representaban aproximadamente la mitad de la población de la isla durante nuestra visita. Éstas no son de etnia Thai (la predominante en Tailandia) sino que son Chaley, también conocidos como los “gitanos del mar”. Ellos son semi-nómades que se mueven al interior del archipiélago en sus botes estacionalmente, para no agotar los recursos marinos. Y si bien algunos trabajaban ahora en el turismo, la mayoría de sigue viviendo como siempre: establecidos en Lipe en esta época porque siempre lo han hecho, pescando y viviendo en pequeñas chozas de bambú que al poco tiempo desarmarán para armarlas en alguna otra isla. Una cosa curiosa de esta etnia son la cantidad de travestis que viven entre ellos. Cuando llegamos a Lipe esto nos asombró: la que te atiende en el restaurant, en la tienda o la que sencillamente ves pasar por la calle son en muchos casos un él. La razón de esto nos fue explicada un día por los barceloneses que eran dueños de las cabañas en las que dormimos: para los Chaley, la hija menor de la familia está encargada de cuidar de sus padres cuando envejezcan. Pero en caso de que el menor sea hombre, entonces sus padres los crían como mujer. Por eso no era tampoco extraño ver niños de 12 o 13 años que vestían y se comportaban como niñas. No nos quedó claro al final si esta costumbre está arraigada sólo entre esta etnia o si el resto de los tailandeses la siguen, pero aunque también hay muchos travestis en otras partes de Tailandia, nunca en tanta proporción como en la isla de Lipe.